Lo que el Arco no se calló
Al llegar al arco de piedra, no hubo gestos heroicos. Estaban cansados. Lo cruzaron con el alivio de quien deja caer los brazos tras sostener un peso durante mucho tiempo.
Al otro lado, el mundo se detuvo. Calló el mar, se paró el aire y el tiempo se puso en pausa. Fue como si la realidad necesitara verlos sin máscaras. De pronto, la piel dejó de protegerlos; no se volvió transparente, simplemente dejó de esconder. Todo lo que guardaban dentro salió a la luz.
Uxía vio en el pecho de Brais un sentimiento que la golpeó: no era una simple inseguridad, era pánico. El pánico de quien se entrega por completo y teme que no se queden a su lado. El miedo atroz a que la historia se repitiera, aunque él no tuviera la culpa de nada.
A Uxía le dolió verlo así. Porque ella también escondía algo que Brais sintió en cuanto sus manos se rozaron: el miedo a querer tanto que terminara por desaparecer. Temía dejar de ser ella misma, romperse de nuevo por amar demasiado. Y al sentir ese vacío, a él también le dolió.
Bajo la roca, la verdad no fue suave, pero sí clara. Él temía que ella se fuera; ella temía quedarse hasta borrarse. Entre esos dos abismos, su amor temblaba: inmenso y frágil a la vez.
No hubo reproches ni explicaciones. Solo dos personas mirándose desde sus heridas, comprendiendo por fin por qué todo pesaba tanto.
Cuando la marea les alcanzó las rodillas, el portal se cerró en silencio. Volvieron a la arena de siempre, pero algo en su interior ya era distinto. Se miraron y, esta vez, ninguno apartó la vista.
En ese pequeño gesto ocurrió algo nuevo: el miedo no desapareció, pero las ganas tampoco. No se arregló todo mágicamente, pero se abrió un espacio; un lugar donde intentar las cosas de otra manera.
No sabían qué pasaría mañana. Pero, por primera vez, sintieron que quizá no estaban tan rotos. Que aún quedaba algo vivo que merecía la pena cuidar.
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