El instituto aún respira calma. No es un silencio vacío, sino una quietud cargada de espera. Las aulas, poco a poco, se despiertan con un murmullo de vida: cajas que se abren, estanterías que se llenan y mesas que aguardan a ser puestas en su lugar.
Pero en un rincón, una imagen diferente rompe el orden. Las mesas están dispuestas al revés, una tras otra, formando un túnel extraño. Sus patas de hierro, rígidas, se alzan como arcos decrecientes que se pierden en la penumbra. No es solo una fila de mesas; es un pasillo secreto, una entrada a un misterio.
El edificio, aunque vacío, no está del todo inerte. Su silencio es espeso, denso, como si guardara algo oculto entre sus paredes. Al acercarse, se percibe un susurro débil, como voces que se escapan entre las patas de hierro. Algunos dicen que son recuerdos atrapados; otros, que son advertencias.
Quien camina hasta el final del pasillo, aseguran, no regresa igual. A veces vuelve con la mirada perdida, como si hubiera visto algo inefable. Otras, simplemente no regresa. Nadie sabe si el corredor conduce a otro lugar, a otro tiempo, o si devora a quien se atreve a cruzarlo.
Pero alguien lo cruzó.
No por valentía, ni por curiosidad. Lo cruzó porque algo dentro de sí ya estaba roto. Cada día, al final de la jornada, sentía que algo desaparecía. Una idea, una certeza, una emoción. Como si el aula misma le arrancara fragmentos de memoria, de identidad. Y aquel pasillo, con sus mesas invertidas, no era más que el reflejo de su mente: un túnel de pensamientos desordenados, de recuerdos que ya no encajaban.
Mientras avanzaba, las voces se hicieron más claras. No eran advertencias. Eran ecos de sí mismo. Frases que había dicho, decisiones que había tomado, momentos que creyó olvidados. El pasillo no conducía a otro lugar. Conducía a él.
Y al llegar al final, no encontró una puerta, ni una salida. Solo una mesa. La última. Vacía. Como si esperara que él se sentara y recordara quién era… antes de que todo empezara a desvanecerse.
Se sentó.
No porque quisiera respuestas, sino porque ya no sabía qué preguntas hacer. La mesa, desnuda y fría, parecía esperarlo desde siempre. Al apoyar las manos sobre ella, sintió un leve temblor en los dedos, como si algo dentro de él se resistiera. Pero ya era tarde.
El aula se desdibujó. Las paredes se alejaron, como si el espacio se expandiera sin límites. No había luz, ni sombra. Solo una especie de claridad opaca, como la de los sueños que se olvidan al despertar. Frente a él, comenzaron a aparecer objetos: una fotografía rasgada, un reloj detenido a las 3:17, una carta sin destinatario. Todos eran suyos. O al menos, lo habían sido.
La mesa no era una mesa. Era un espejo. No de cristal, sino de memoria. Cada objeto que surgía era una parte de sí que había dejado atrás, enterrada bajo rutinas, decisiones, miedos. Y ahora, uno a uno, regresaban.
Entonces lo entendió: el pasillo no devoraba a quien lo cruzaba. Lo desnudaba. Lo obligaba a enfrentarse a lo que había olvidado, a lo que había negado. Lo que aún dolía.
Cuando se levantó, la mesa ya no estaba. El aula había vuelto a su forma habitual. Las mesas en su sitio, el sol entrando por la ventana. Pero él no era el mismo. Caminó hacia la salida con paso firme, aunque en su mirada aún flotaba algo turbio, como si una parte de él se hubiera quedado allí, sentada, esperando volver a ser recordada.
Jlp
Thanks for you comments
Comentaris
M'ha encantat!
Aferradetes, Jordi.
Un abrazo